Intentó ponerse en pie,
pero era imposible. Su pie estaba en mal estado y no podía caminar. Así que lo
único que le quedaba era pedir ayuda.
-¡¡SOCORRO!! ¿¡NATE!? ¿¡ME
ESCUCHAS!? ¿¡Nate!? – pasó un rato y el sol ya estaba en lo alto del cielo,
seguramente tardarán un poco más en llegar a Dalmot, si es que llegaban algún
día. Unos pasos se acercaban… -¿Nate? – observó un rostro en lo alto del hoyo.
Ese no era Nate. Tenía una armadura de metal que resplandecía a la luz del sol…
¿un soldado? No tenía muy buena cara, parecía un poco dañado.
-Con que estabas aquí.
Mucho mejor. Me lo has puesto muy fácil.- el soldado sacó el arco y una flecha,
y apuntó hacia Gary. Estaba perdido. Lo sabía. Si apareciera Nate al menos,
para verlo por última vez. El soldado disparó, pero falló. Un tiro muy fácil,
algo le hizo fallar.
Vio caer al soldado y a
alguien aparecer de repente.
-¿Gary?- Era Nathaniel,
con su voz lleno de preocupación que le llenó de alegría.
-Me alegro de verte
muchacho.-dijo sin hacer notar su emoción al verlo.- ¿Podrías sacarme de aquí?-
Nate sonrió.
Estaban de camino a
Dalmot. Gary estaba montado en su caballo blanco. Sin poder caminar. Y con un
poco de fiebre. Nathaniel montado en su otro caballo negro. Caminaban
lentamente para no empeorar el estado de Gary. Tardarían un poco más de lo
previsto en llegar, hasta el venerable Axel Donovan.
Se había levantado
demasiado temprano para su gusto. Y aún se caía de sueño. Norah llevaba ya
horas viajando y faltaba muy poco para llegar. De vez en cuando abría el ojo
para ver que tramaban los niños. Pero ella estaba tan cansada que no tuvo
intención de averiguarlo.
La cabeza se le iba hacia
atrás de vez en cuando, atraída por el sueño. Al volver a caer se despertaba un
poco y se volvía a la postura original. Había tanto silencio. Un, muy extraño
silencio, que volvió a caer su cabeza hacia atrás. Pero esta vez, tuvo una
sensación diferente. Algo húmedo y fresco explotó en su cabeza haciéndola
despertar del todo. Echó la mirada atrás y observó un artilugio de goma que
podía retener líquidos en su interior y el cual explotó en su cabeza y estaba
desperdigada por casi todo el asiento.
¡¡Agua!! Estaba empapada.
Los pelos horriblemente mal. Y los ropajes se le empezaban a empapar.
-¿¿ ¡Agua!??-gritó Norah.
Los gemelos se partían de risa, negando con la cabeza.
-Uff… que mal hueles
hija.- dijo Renée con su experto olfato. Norah frunció el ceño, sin llegar a
entenderlo. Se acercó un mechón de pelos mojado a su nariz y lo olisqueó. Mal,
horriblemente mal. Aquello apestaba. En ese momento se temió lo peor.
-No. Puede. Ser.- dijo
cortadamente. Norah estaba furiosa, y cada vez se ponía más roja del enfado. El
carruaje paró.
-Ya hemos llegado a
Dalmot. Pueden bajarse.- anunció el chófer. Los gemelos salieron disparados por
la puerta del vehículo. Y Norah, muy enfadada fue tras ellos.
-No cambiarán nunca.- dijo
Renée. Tess sonrió. Aunque parecía que sus hijos le hacían la vida imposible a
Norah. Para ellos era todo lo contrario. Era alguien con quien reírse y
pasárselo bien. Alguna que otra trastada. Si ella se fuese de su lado, los
niños la extrañarían. Muy en el fondo. La verdad es que le han tomado cariño a
Norah, aunque no lo reconozcan.
-¡Venid aquí! ¡No
escapéis!- Norah seguía tras ellos, adentrándose en la ciudad. Todo el mundo
los observaba. Norah apenas se percató de ello. Quería atrapar a esos
granujillas malcriados, que solo sabían fastidiarla y molestarla hasta llegar a
cabrearse. Así era siempre. Hasta que estallaba. Atravesaron una plaza con un
monumento de bronce en el centro. A toda velocidad, fue esquivando a la gente
que se encontraba a su paso. Observó, cómo de repente, apareció un viejo
delante de ella, tapándole la vista de los gemelos. Sus miradas se encontraron.
Él viejo ni siquiera parpadeó. Mantuvo la mirada fija en ella, durante un
tiempo que le fue eterno.
Un grupo de personas pasó
por delante y aquel hombre desapareció. Norah paró al instante. Aquello le produjo
un escalofrío de los pies a la cabeza. ¿Había desaparecido de verdad? ¿O había
sido una ilusión?
El codazo de alguien que
pasaba por su lado la devolvió a la realidad.
¡¡Los gemelos!! Los había
perdido. Ahora, lo mejor, era regresar por donde había venido.
Pasó de nuevo por la
plaza. Deteniéndose más minuciosamente en los detalles del lugar. La estatua de
bronce pertenecía a una mujer desconocida para ella. Pero era evidente que allí
todo el mundo la conocía. Cada persona que pasaba delante de ella, inclinaba la
cabeza unos segundos, adorándola. ¿Quién podría ser?
Siguió adelante. Las
calles eran arenosas y polvorientas. Había templos por todas partes. Los tejados
eran ovalados y acabados en punta. Algo muy curioso de la ciudad. Seguidamente,
a la derecha, había un descampado, dónde sólo había niños que se distraían con
una pelota. Le echó la mirada a un niño que le llamó la atención. Rubio, ojos
azules…
-¡MIKE!- era uno de los
gemelos. Éste se dio cuenta de que Norah ya lo había descubierto y echó a
correr. Jem apareció de la nada. Los tres siguieron corriendo, hasta toparse de
nuevo con Renée y Tess.
-¡Hombre, por fin! ¿Habéis
recorrido toda la ciudad?-dijo Renée aguantándose la risa. Los tres pararon de
repente. Norah, con una cara muy seria miraba a Renée y con una respiración
agitada.- ¿Y os ha gustado?
-¡¡Mucho!!- exclamaron los
gemelos a la vez. Norah, pegó un pisotón firme al suelo. Haciendo que los niños
se escondieran tras Tess y callaran.
-Renée –comenzó a decir
Tess.- ¿De verdad que no queréis quedaros con nosotros?- preguntó, con todas
sus buenas intenciones. Norah alzó la cabeza hacia Renée. Negando con la cabeza
como loca.
-No, Tess. Pero gracias de
todas formas. Nosotras tenemos otros asuntos pendientes.- le dijo Renée,
despidiéndose de ellos. Norah se despidió de aquellos malvados críos con una
sacada de lengua por parte de todos.
-¡Hay que ver! No has
parado en todo el viaje Norah.- dijo Renée un poco molesta. Norah se quedó con
la boca abierta.
-¡Pero si han sido ellos!-
respondió.- Esto es injusto.- se cruzó de brazos. Renée empezó a reírse a
carcajadas.
Todo el mundo las miraba y
para Norah resultaba un poco incómodo. Ahora sí, que se percató de ello.
-¿Porqué nos mira todo el
mundo?- preguntó.
-No se si te has dado
cuenta de tus pintas Norah. Pero llevas unos pantalones mugrientos, estás empapada,
y tus pelos no están muy bien que digamos. Aparte del olor.- dijo Renée con un
movimiento de mano para apartar el olor que desprendía.
Norah se acordó de su pelo
y sus ropajes. Por un momento se había olvidado de todo.
-¡¡Que vergüenza!!- dijo Norah
avergonzada.- Y todo por culpa de esos malditos críos…-empezó a recordar todas
las trastadas que le habían echo desde que salieron de Alian, pero volvió a la
realidad.-Por cierto, ¿A dónde tenemos que ir?
-Ya hemos llegado.
Llegaron a una casa
pequeña, con un porche viejo y anticuado. Su tía llamó, dando dos pequeños
golpes a la puerta. Alguien abrió la puerta, que hizo un ruido chirriante. Un viejo
apareció con una mirada familiar. A Norah le dio un vuelco el corazón cuando se
percató de que ese mismo hombre era el que se le apareció, hace un rato y después,
había desaparecido sin más.
-Os estaba esperando.-
Anunció con una sonrisa y una mirada profunda.- Por favor, pasad.- abrió un
poco más la puerta para que las dos pudieran entrar. La casa estaba abarrotada
de objetos antiguos y cachivaches de todas clases. Parecía una persona que había
viajado mucho. Se sentaron en el salón, una habitación amplia con varios
sillones de dos o tres plazas donde poder sentarse. Norah y Renée se sentaron
en un sillón de dos. Y el viejo en una hamaca donde podía balancearse. Tenía una
mesita baja en medio, con un té ya preparado y algunas tazas colocadas.
-Ha pasado mucho tiempo.-
dijo Renée rompiendo el silencio. El viejo empezó a repartir té a las demás
tazas. Y lo más extraño es que había dos más.
-Sí, y seguramente habría
pasado más si no hubiera pasado algo importante. ¿Verdad?- a Norah, aquel
hombre le daba escalofríos. Parecía saber todo lo que iba a suceder. Pero tenía
una sensación de seguridad y protección que de nuevo le resultaba extraño.
-Sí, es cierto amigo mío.-
comenzó a decir Renée, probando un sorbo de té.- Venimos porque Norah ya ha
experimentado el poder de la piedra y pensé, que ya era el momento de regresar
a ti.- Norah se extrañó. ¿La piedra poseía algún tipo de poder?
-Has hecho bien Renée. Norah
ya tiene la edad para ser la encargada de proteger la piedra.- dijo con su voz ronca.
-¿De qué estáis hablando?-
preguntó Norah sin entender nada. El viejo la observó con atención.
-Tranquila, te lo explicaré
todo.
VÁYANSE A PERSONAJES!
VÁYANSE A PERSONAJES!